martes, 20 de diciembre de 2011

El cine porno.

Excelente post, que no he tenido el honor, ni la maña de escribir yo mismo pero no puedo menos que compartirlo con vosotros:

Las pelis porno


Enviado por GonzoTBA en Lun, 04/10/2004 - 06:52
Llevamos aquí algún tiempo hablando de temas de lo más variado, pero sin embargo nos habíamos dejado en el tintero las pelis porno, gran invento del siglo XX. Eso no impide que cuando uno busca en Google “niña ninfomaniaca”, El Sentido de la Vida siga saliendo en primera posición. Bueno, hoy vamos a por el asalto final en los rankings cochinos.


Bien, para no señalar a nadie, daré por sentado que nunca nadie ha visto una película porno. Esto me permitirá hablar del tema desde la base. La regla fundamental es que todas las películas porno son iguales. Sí, sí, me podéis creer. Yo no he visto nunca una, pero hablaré de lo que me han contado con pelos y tatuajes.


En este tipo de producciones se intenta ubicar cuantos más polvos por metro de cinta, mejor. Es algo así como uno de esos algoritmos matemáticos como el famoso Problema de la Mochila. Así pues, no hay tiempo para urdir una trama demasiado compleja. Al contrario que en las películas normales, los protagonistas tienen que estar dándole al mete saca en menos de diez minutos. ¿Cómo se hace eso? Describiré un principio de película que me han dicho que es bastante recursivo.


Un señor que repara televisores llama a la puerta. Abre una rubia con tetas de plástico que, para economizar metraje, va casualmente en lencería por su casa. Abre la puerta y se insinúa al buen hombre, que para arreglar televisores lleva la caja de herramientas que portaría un fontanero, martillo incluido. Yo he arreglado teles a hostias, pero creo que los profesionales del ramo emplean otros medios. Tampoco viene al caso.


El fornido reparador entra en el comedor y en esas se cruza una chica semidesnuda y se presenta. La primera mujer dice “Esta es mi amiga Cindy. Se le ha roto el calentador y ha venido aquí a ducharse”. Hola, saluda el reparador sin inmutarse, como si en cada casa hubiera una Cindy paseándose en bolas camino a la ducha. Una vez hechas las presentaciones, el caballero se pone manos a la obra.


Al poco de trabajar con el televisor se gira y dice “Señorita, este aparato funciona perfectamente”, y ella responde “Pues claro, tonto” mientras se abalanza sobre su bragueta y empieza a interesarse por la geometría y la teología. El hombre se muestra algo incómodo, y no sabemos muy bien por qué ahora se sorprende tanto cuando hace un momento la señora de la casa le ha abierto vestida como la madame de un putiferio.


Unos segundos después ya sabemos por qué el hombre se mostraba tan incómodo: ¡se ha dejado los calzoncillos en casa! Sin embargo, este detalle no parece importunar a la señorita que, como los niños pequeños, se lleva a la boca lo primero que encuentra.


Uno piensa entonces que debe de ser bastante incómodo caminar sin ropa interior todo el día, y más en uno de esos rudos monos de cuerpo entero que no se antojan bastante confortables. Algo después se sabe por qué no lleva ropa interior: no encuentra nada en las tiendas capaz de alojar semejante nabo. El buen hombre la gasta de palmo, y es más que seguro que no se hacen calzoncillos de esa talla. A la señora no parece importarle.


Al momento aparece Cindy, que ha terminado de ducharse y por lo visto no había traído ropa de recambio, porque se deja caer completamente desnuda. El reparador de televisores la recibe con agrado, y con más agrado todavía cuando comprueba que trae un hambre de cuidado.


Después de una escena vegetariana, en la que el nabo es el plato principal, al tío parece entrarle hambre. Para entonces la rubia de las tetas de plástico se ha desecho del ligero vestido de encaje que portaba y ofrece al caballero algo que llevarse a la boca. Cindy sigue a lo suyo. El pobre hombre, que venía a arreglar una tele, se encuentra con un embolao de tres pares de cojones. Sin embargo, a pesar de la cara de susto que pone, no hace mención de dejar el apartamento. Es como en las películas de miedo en que el protagonista ve una habitación que tiene muy mala pinta, con luz brillante por debajo de la puerta y música de miedo, y aún así va y abre la puerta. Supongo que ambos géneros están íntimamente relacionados.


Lo que sigue después ya lo habréis visto en los documentales de la dos, así que no os aburriré hasta induciros a una siesta. Bocados a diestro y siniestro, aullidos, miembros por todas partes, saltos de tigres…


Lo curioso es que al reparador de televisiones siempre se le ve entrar por la puerta pero nunca se le ve marcharse, supongo que para economizar minutos. Pero bueno, ese es normalmente el patrón de una escena porno. A veces no hay una Cindy, y en otras ocasiones no vienen a arreglar el televisor sino a echar un vistazo a la cisterna que pierde agua, pero poco más.


Hay un chiste que dice: “¿Por qué las mujeres ven las películas porno hasta el final?”. “Para ver si los protagonistas se casan”. Es extraño pero hay dos cosas bastante comunes sobre el tema, a saber: las películas porno no suelen gustar a las mujeres (o al menos eso dicen) y estos filmes nunca se ven hasta el final (o eso me han contado). Dejo las reflexiones para el que quiera hacerlas. Supongo que al cabo de un rato se hacen aburridos, pero eso ya no es cosa mía.


Las primeras películas porno se veían entre amigos, al menos en mi época. Se iba en pandilla al videoclub y se hacía bote. Los comentarios ante el primer pase eran “joder, vaya trompa que gasta el tío, ¿no?”. “Bah, normal” agregaba otro.


Si el primer contacto que se tiene con el sexo es a través de una película porno, el resultado evidente es la depresión. Uno cree que todas las chorras son de palmo mínimo, y claro, cuando se compara con la cruda realidad, el adolescente siente una urgente necesidad de terapia psicológica. ¿Dónde voy yo con esto por la vida? ¿Qué dirá Cindy?


Así que os aviso antes de que veáis uno de los filmes del género por primera vez: esas trancas no son normales, no os asustéis. Del mismo modo que las mujeres de estas películas las desinflan al final del rodaje, lo que esos caballeros llevan tampoco se ve por la calle todos los días. Y tranquilos, que también os puedo asegurar que jamás os veréis en la situación del reparador de televisiones. En todo caso, si os ha sucedido algo similar alguna vez y creéis que es factible que se pueda repetir, lo primero que tenéis que hacer es llamarme por teléfono al terminar de leer la columna. No, mejor llamadme ya.


Pero todo este rito de ir a la sala escondida en el video club ya ha pasado a la historia salvo en algunos pueblos a los que no alcanza internet. La llegada de la red lo ha desvirtuado todo, y ahora los adolescentes pueden ver sus primeras películas en la intimidad del hogar, sin compartir la experiencia con los amigos y haciendo este mundo un poco más frío e impersonal. De todas maneras los adolescentes de hoy lo más que pueden aprender en una de estas películas es alguna postura nueva, porque cuando llegan a esas edades están más resabiaos que una vaquilla de las que pasan el verano de pueblo en pueblo.


Además, internet proporciona acceso a guarradas antes inconcebibles en las películas convencionales. Cuando uno creía que había visto todo tipo de depravaciones posibles en una peli porno, entonces alguien le pasa un vídeo para que aprenda algo nuevo. Iba a decir que se pierde la creatividad de los largos metrajes, pera casi que lo que se ve en los cortos es más innovador e imaginativo todavía. Yo no veo esas cosas, pero me han dicho que son la repera. En cualquier caso, las viejas películas porno tienen ese sabor auténtico que tenía El Equipo A y que ya no volverá. Conserve ya, pues, cada uno sus recuerdos.


Alguno dirá que esto del “sesso” es para cuatro degenerados. Yo digo que es más bien para cuatro mil millones de degenerados repartidos por todo el planeta. De hecho, he estado reflexionando sobre el calentamiento global. Sólo en Estados Unidos la industria pornográfica mueve más dinero que la NBA, NHL y la liga de béisbol _juntas_. Y eso es mucho decir. Y es que algunas industrias han sabido acoger con brazos abiertos las oportunidades de la nueva era de las comunicaciones, no como la industria musical, a la que le quedan dos cafés tal y como la conocemos.


Yo, por supuesto, como todos vosotros, no veo este tipo de guarradas, pero me han comentado que hay mucha gente que sí. Incluso mujeres. ¿Hasta dónde vamos a llegar? Esto de la jodienda por lo visto no tiene enmienda.


Nuestra generación ha sido sin duda de las más damnficadas en este campo. Nuestros padres pillaron la ola del sexo libre, la paz y todo el rollo jipi; y los nanos de hoy en día a los doce saben lo que es una felación y no porque lo hayan leído. Nosotros, en cambio, caímos en mitad de la gran depresión, y ahora que las niñas son de un liberal que no veas, no podemos hacer más que escandalizarnos porque somos demasiado mayores para ellas. Amigos, estamos condenados.


Y es que estar “bien follado”, como dice la expresión popular, es la mar de saludable. Tengo un conocido que salió una temporada con una chica que lo tenía “bien follado”. Y joder, se le veía en la cara. Le desaparecieron los granos, le salió pelo en el pecho, aumentó su autoestima y se le veía siempre con una sonrisa de oreja a oreja en el rostro. Siempre tenía una palabra amable para cada uno y era un dechado de bondad y el vivo espejo de la felicidad.


Uno de los principales problemas de este mundo, al margen del alza imparable del precio del crudo, es que se folla poco. No lo digo por mí, vamos, que no paro; pero es la impresión generalizada. Si nos dejamos llevar por las encuestas, la gente se pasa el día bailando el mambo horizontal, y uno se pregunta cómo es posible que salga esa media de copulaciones por semana cuando la mayoría sólo vemos el polvo encima de la mesa del comedor.


No creáis en las encuestas. El día a día nos dice que se folla poco y mal. Eso nos lleva a un mal humor latente en el aire y a un deterioro en espiral de las relaciones sociales. Este tinglado iría mucho mejor si todo el mundo estuviera “bien follado”.


¿De quién es la culpa? Del gobierno, por supuesto. ¿La solución? Estoy deseando escuchar las propuestas de la parroquia.


Bueno, os dejo que tengo que volver al catre…

Fuente: http://www.elsentidodelavida.net/node/144
Por supuesto os animo a que recorráis el blog El sentido de la vida.

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