lunes, 2 de abril de 2012

Cuando una empresa agoniza.

Como ya he pasado por unas cuantas empresas. Y a buen seguro que para bien o para mal, me tocará caer por algunas más... Esto lo he vivido en algunas.
Cuando una empresa empieza o es pequeña, pelear contra la adversidad o incluso sobrevivir, obliga a estar en un estado de vilo que mantiene la empresa al filo, pero muy dinámica. A medida que pasa el tiempo y proporcionalmente al tamaño que se alcanza, todas las compañías van volviéndose más pétreas, más lentas, más inmóviles.

Hasta tal punto que en algunas ves como el tiempo, la competencia y diversos avances, erosionan los resultados y condenan a la desaparición a la empresa pero nadie en el bote puede ir más allá de ver la situación y bracear un poco llamando la atención, pero nadie achica realmente el agua que hará hundir el barco.
Por una parte, la compañía en si está dirigida y especializada exprimiendo al máximo sus posibilidades, con lo que cualquier cambio es un esfuerzo notable a todo los niveles, pero aun por encima de ello tenemos que la gente que ya está asentada lleva tanto tiempo anidando en su seguro y cómodo nido, que aun por mucho que trabajen no tienen una mentalidad abierta al cambio.
La savia nueva que puede entrar, bien con el proceso natural de renovar bajas, como las incorporaciones expresas para lograr mejoras, se encuentran con la firme oposición de las viejas glorias que ven su cómodo trono en peligro de las fulgurantes nuevas estrellas.

Todo esto es una explicación muy simple y bastante acertada en el global, de lo que ocurre con las empresas del entretenimiento con el fenómeno de Internet, las editoriales en la misma línea y otras muchas.

También es algo que se denota de similar manera en el administración pública (hablando de España, pero a buen seguro es extrapolable a cualquier país), cuando la gente se queja de dejadez, lentitud en adoptar nuevas tecnologías, etc... No es que los funcionarios trabajen particularmente poco o mal, eso pasa, quizás bastante más que en otras empresas, pero no tanto como alguna gente supone o quiere hacer creer.
Simplemente es una empresa grande y sin particulares presiones para que la gente tenga que amoldarse a unos cambios que siempre son recibidos con reparos.

Para ilustrar esto me encanto el post del siempre excelso Jose A Pérez. Y por ello, para variar me remito a su post que os pego y os remito a la fuente para disfrutar del resto de sus publicaciones:

Abrazando a un niño muerto (antidarwinismo empresarial) Las empresas son reaccionarias. Pocas (casi ninguna, en realidad) es capaz de reinventarse cuando las cosas van bien, de romper sus propios esquemas y soñar un nuevo modelo. ¿Para qué?, te dirán. Cuando una empresa crece lo suficiente, su capacidad para innovar merma a veces hasta la extinción, perpetuándose en el modelo "que funciona".

El problema, claro, es que todos los modelos son provisionales, y llega un momento en que dejan de funcionar. Momentos como éste. La crisis está revelando un panorama asombroso: empresas que se aferran a los viejos paradigmas como una madre que abraza a su hijo muerto. Empresas conscientes de su inminente extinción que, sin embargo, son incapaces de renovarse, incapaces de innovar, incapaces de cambiar de rumbo. Antidarwinismo empresarial.



Hablando con los trabajadores de esas empresas, uno comprende por qué se produce esta situación. La innovación empresarial siempre es cosa de otros. Los trabajadores culpan a los comerciales, los comerciales a los directores, los directores al presidente, y el presidente al contexto. En las empresas de estructura vertical (casi todas en nuestro país) el síndrome del abrazo al niño muerto es todavía más intenso, y las vías para resolver el problema más complejas (porque, a veces, la mejor idea puede venir de alguien en la base jerárquica… alguien, por tanto, sin voz ni voto).

Para los trabajadores autónomos que vemos las empresas y organizaciones desde fuera, este fenómeno es asombroso. Ver cómo se abalanzan hacia su inevitable muerte, incapaces de hacer nada, es como contemplar el mítico suicidio en masa de los lemmings. Trabajadores, directivos, enlaces sindicales y becarios corriendo juntos hacia un abismo cada vez más cercano.

El próximo año muchas empresas grandes y veteranas se precipitarán por el barranco y miles de asalariados morirán espachurrados contra las rocas. La culpa no será solo de la crisis. Mientras el tejido productivo español siga encerrado en esquemas del siglo XX, obstinándose en la verticalidad, el inmovilismo y la suerte, España seguirá siendo un país incapaz de competir en un mundo globalizado. Una madre que abraza a su hijo muerto esperando que despierte por la mañana.
Fuente original: http://www.mimesacojea.com/2011/11/abrazando-un-nino-muerto-antidarwinismo.html

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